Andrés García Prieto, la formación de un genio.
Hable quién hable de Andrés García Prieto, sabe que los periodos que marcan su vida, marcan su estilo del óleo al lienzo. Especialmente porque se encontró en un periodo de cambios en el
mundo artístico.
Es su primera etapa, se plasma, así, paisajes muy maduros (rurales y urbanos), en los que el realismo se hace notar, tal como Paisaje de la Casa de Campo. En esta época se produce el deslumbramiento ante la pintura de historia, que no conocería el joven Andrés, de ahí que acudiera a museos para realizar copias de artistas importantes que hicieron, que el pintor burgalés mejorará su técnica casi con mínimas diferencias de los originales. Un ejemplo de ello, es la copia de Los borrachos de Velázquez y que García Prieto donó a la Diputación de Burgos con motivo de agradecimiento. En esta época también nos encontramos con retratos de familiares, escenas religiosas, pero sobre todo tras el historicismo pictórico, el costumbrismo, de acierto como “La Tarantella”, que capta un ambiente de ritmo, de acción y movimiento. Plasmando con ello, gracias al color, un ambiente festivo y exaltado.
En su segunda etapa, Andrés viaja a Italia para reforzar sus estudios en Roma y más tarde se traslada a Venecia, época en la que la ciudad de los canales contaba con abundancia de buenos pintores. Allí conocerá infinidad de artistas que le servirán de influencia al pintor burgalés. La técnica de Andrés sigue siendo minuciosa, pero es precisamente en los paisajes italianos donde se empieza a notar el difuminar de su pincel, donde los rostros se pierden con el paisaje, ese paisaje que ni siquiera se distingue. Los fondos de sus cuadros comienzan a ser simples manchas de color. Sus paisajes se caracterizaban, o por la soledad de elementos, o animados con simplemente una figura. Paisajes de campo, urbanos, muchos de ellos combinados con el mar. Diferenciados de los de su primera etapa, se nota que el artista burgalés se sentía cómodo en esta modalidad, y es sentía un gran afecto por los espacios naturales. Sólo basta con fijarse en la serenidad de sus escenas venecianas o en las panorámicas de las montañas cántabras. También hay que incidir, que durante sus viajes a Madrid, Andrés entró en contacto con el vanguardismo.
De su última etapa ya se nota en profundidad como sus figuras se deforman con la matiz del difuminado, tanto los rostros, como los fondos. Sin embargo la realización de diversos retratos, vuelve a marcar la perfección de sus pinceladas. Algo que si cabe destacar es, que Andrés se abrazo un poco a las corrientes impresionistas, en sus últimos años de vida, en los cuales pintaba especialmente paisajes. Aunque finalmente, Andrés, terminó así el resto de su vida pintando lo que se le ocurriese y con encargos de poca dificultad.


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